miércoles, 18 de diciembre de 2013

El Último Canto del Juglar – New Juggler Sound


Por Fernando Alaya Orbegoso

Un juglar era el artista medieval que solía entretener a la realeza con cánticos e historias. Siglos mas tarde, hacia 1965, los miembros de la realeza ya no usaban coronas sino peinados extravagantes, eran ingleses, vestían de traje y se hacían llamar The Beatles. Entre sus territorios conquistados estaban Europa, Norteamérica y el Cercado de Lima, donde vivían cinco muchachos que fungirían entonces de juglares modernos, y que decidieron formar una banda para emular al famoso cuarteto de Liverpool, pero que luego se animaron a experimentar, innovar y manipular a su antojo el primigenio sonido rocanrolero que los había cautivado años atrás. Hoy, casi cincuenta años después, los hermanos Cornejo, quienes lideraron esta novedosa propuesta sonora de la primera escena del rock nacional y quizás la banda pionera del rock psicodélico en toda Latinoamérica, han logrado rescatar –junto al sello peruano de arqueología musical, Repsychled- las cintas originales de sus primeros ensayos y composiciones inéditas, para recopilarlas en una magnífica edición de colección que reivindicará por completo a la agrupación. Bienvenidos al mundo barroco de The New Juggler Sound.

La primera vez que se acuñó el término “psicodélico” dentro de la música popular fue en 1964: la banda neoyorkina de Folk, The Holy Modal Rounders, lo utilizó en su versión del tradicional tema Hesitation Blues, marcando la pauta conceptual para agrupaciones emergentes como The Byrds en los Estados Unidos o The Yardbirds en Inglaterra.

Mientras eso sucedía en el hemisferio norte; en la Unidad Vecinal Nº 3, Saúl Cornejo aún seguía encandilado con un rock bastante primigenio: Elvis Presley, Bill Haley y Frankie Valli eran sus ídolos de turno. Sin embargo, ninguna canción lo impresionó tanto como lo hizo Rock and roll de Celia Cruz y La Sonora Matancera. “Con ese tema entendí que era posible combinar géneros musicales que a primera oída parecían muy diferentes. En este caso era el espíritu del rock con la guaracha”, precisa, antes de rebuscar en su memoria y empezar a entonarla:”La letra también era reveladora: ‘…ahora un nuevo ritmo apareció, y es el inquietante rock and roll…”.

Creció así su intención de formar una banda. Tuvo como principal cómplice a su hermano Manuel, quien había logrado percudir a sus padres para que le comprasen una primera batería que reemplazara a los viejos cartones que solía percutir en sus ratos libres. Eduardo “Eddy” Zarauz, un amigo de infancia que vivía en la casa de enfrente, fue también convocado para esta nueva empresa, a pesar que no sabía nada de música. Así se consolidó la primerísima alineación, un trío.

Entonces asignaron los instrumentos: Manuel, fue el baterista; Saúl, el guitarrista (previamente decidió apelar otra vez a la voluntad paterna y se hizo así de una guitarra Egmond); y Eddy, el bajista por descarte, aunque no contara con un bajo. Sus padres tampoco tenían la mínima intención de comprarle uno.

“Recuerdo que fuimos a la Casa Anders, una conocida tienda de instrumentos en Miraflores, para ver si podíamos conseguir algo. Justo había llegado la nueva línea de la marca Fender. Vimos que no nos alcanzaba el dinero para nada. Así que agarramos un bajo de la vitrina y empezamos a medirlo con un centímetro”, cuenta. “Con las medidas anotadas, fuimos al día siguiente a ver al carpintero del barrio para que fabricara el instrumento, El hombre no tenía la menor idea de cómo hacerlo, así que apelamos a llevarle la fotografía de una guitarra Rickenbacker y darle una indicación precisa: ‘Debe verse igualita’. A las dos semanas, teníamos bajo nuevo. No tenía volumen pero al menos resonaba”.

El buen sonido era secundario en ese momento. Lo primordial era ensamblarse como banda, aunque esto se complicaba al no contar con un amplificador para ensayar. Preguntando entre la gente del barrio, dieron con Alberto Miller, un muchacho larguirucho que tenía el aparato requerido, una buena guitarra y además era fanático de las mismas bandas que los tres idolatraban. Esto le daba el ingreso directo al grupo. El último componente en integrarse fue Alex Abad, compañero escolar de Manuel, que se encargaría de la percusión menor. Así comenzaron a frecuentar Maranga para sus primeras presentaciones.


Maranga a mil colores

Los Juglares fue el nombre de esa primera banda. Influenciados por la denominada “invasión británica”, ensayaban tres veces a la semana para emular a todas esas agrupaciones que los habían impresionado desde sus años de colegio, The Beatles, The Animals y otras agrupaciones más se convirtieron en el paradigma musical a seguir.

Se presentaban pocas veces, regularmente lo hacían en las casas de algunos amigos que vivían en Maranga, el barrio de San Miguel donde ellos solían parar. Aunque en ocasiones también visitaron el club de vecinos de la emergente urbanización, lugar donde cosecharon sus primeros seguidores. El informal repertorio consistió básicamente en covers: Help!, Day tripper, The house of the rising sun, y el éxito de Del Shannon, Keep searchin, eran temas fijos en esas primeras presentaciones. Pero a pesar de todo eso, el quinteto decidió que lo ideal era apostar por las canciones propias.

La composición recayó entonces en Saúl Cornejo y Alberto Miller, quienes, guitarra en mano, replicaron la fórmula de Johnn Lennon y Paul McCartney; el que hacía la estructura principal, cantaría la voz principal. Gracias a una grabadora Silvertone, que le regaló su padre, Saúl registró todas las canciones que empezaban a escribir, así como los ensayos que regularmente programaban.

Este giro hacia la creación de material original fue el pretexto para la primera mutación de la agrupación: a finales de 1965, Los Juglares se rebautizaron como The New Juggler Sound, nombre con el que querían representar la transición que sufrieron desde el mundo beat hacia un sonido más barroco y complejo, uno que descubrían gracias a la influencia de nuevas bandas “underground” –como ellos las llamaban– , entre las que destacaban The Seeds y The Kinks. La psicodelia, pues, no tardaría en llegar.
“Hippies invaden Lima”

“¡No es comercial, esto no es comercial!”, sentenció el productor musical de la disquera El Virrey tras escuchar la primera canción que le presentaron los muchachos. Y es que, hacia principios de 1966, The New Juggler Sound decidieron arriesgarse a visitar las oficinas del sello nacional para tentar un contrato discográfico. Llevaron los demos caseros que Saúl había registrado previamente en su grabadora. Con todo eso, fueron rechazados por primera vez.

El encargado de la disquera buscaba bandas que rivalicen adecuadamente con la “competencia” –como Los Dolton’s o Los Shain’s, que pertenecían a Sonoradio y Iempsa, respectivamente- que tenían un sonido más “digerible”. Aquí empezaría la segunda mutación del grupo: “Salimos bastante decepcionados de esa reunión, pero el hecho de que nos ‘choteran’ no disminuyó nuestra ambición por grabar profesionalmente. Al contrario, empezamos a sentirnos más “underground” al tener canciones poco rentables para la industria musical”, apunta Saúl.

Los cinco estaban decididos a mantener la senda del sonido no comercial. Una decisión que fue refrendada por los mismísimos Beatles, quienes en agosto de ese año lanzarían su álbum más psicodélico hasta el momento, Revolver. Canciones como Tomorrow never knows y I’m only sleeping les proporcionaban el asidero suficiente para investigar ciertas técnicas de grabación muy novedosas para la época. Un claro ejemplo de esta tremenda influencia fue el uso de los tracks en reversa, efecto que Saúl intentó replicar con su vieja grabadora casera.

A finales de 1966, lo “comercial” comenzó a replantearse a nivel mundial gracias a Lennon y McCartney, pero en el Perú no sucedía necesariamente lo mismo. “Nosotros empezamos a experimentar musicalmente, con todos los artilugios posibles, porque teníamos una ansiedad jodida de encontrar la mayor cantidad de sonidos… y cualquiera pudo hacerlo también”, señala.

Pero el gran muro de contención para los rockeros de entonces eran las disqueras, las cuales estaban manejadas por gente que solo buscaba comercializar y vender música fácil. “Por eso las bandas optaban por no explorar mucho. Eso ha sucedido ayer, hoy y siempre. Como a nosotros solo nos interesaba el plano creativo, comenzamos una etapa de búsqueda musical fuera de los cánones”.

Para mediados de 1967, el pintor Rafael Hastings –que venía de Inglaterra para exponer en el Instituto de Arte Contemporáneo de Lima- los invitó a tocar en la antesala de su muestra luego de verlos en uno de sus improvisados conciertos. Serían parte de lo que se conocía como “happening”. Los otrora juglares, entonces, buscaron sus ropas más psicodélicas e hicieron una performance de canciones propias que dio que hablar. “Hippies invaden Lima”, fue el titular con el que los describió el diario Última Hora en su primera presentación formal como The New Juggler Sound.

Con tan significativa exposición mediática, al poco tiempo fueron invitados a musicalizar una serie de presentaciones que tendría una troupe vanguardista europea llamada “La flor carnívora” en el teatro de la Asociación de Artistas Aficionados (AAA). Luego de un primer concierto, el mánager del colectivo consiguió una invitación promocionala para la televisión. La cual se extendería hasta a la banda. Así fue como el quinteto salió al aire en el programa “Susana Pardal y sus modelos”, transmitido por canal 4. La ansiada grabación profesional estaba a la vuelta de la esquina.

Es psicodelia, señor

El gerente de la discográfica RCA Victor en el `Perú, Oswaldo Iriarte, logró escucharlos en una de las perfomances que dieron en el teatro de la AAA y quedó impresionado por el sonido barroco que habían alcanzado. Convocó a la banda a una reunión en las oficinas de la FTA (Fabricantes Técnicos Asociados, representante del sello multinacional en nuestro país. Allí se les ofreció un contrato que incluía el pago de las grabaciones y el de las regalías según el número de ventas. La única condición era registrar un primer sencillo que sea digerible para el público.

Era junio de 1968. Los muchachos eligieron dos canciones que habían trabajado previamente: Baby baby y I must go. Como la RCA Victor no contaba con un estudio de grabación en el Perú, los derivaron a la sala de grabación de Sonoradio. Lamentáblemente, la experiencia allí no fue muy grata: el ingeniero de sonido que supervisó las grabaciones estaba acostumbrado a grabar música criolla y huaynos, por lo que el rock le resultaba un género musical prescindible de atención. “Se ponía a leer periódicos, incluso”, comenta Saúl. Con todo esto, y a pesar de gruesos errores en la mezcla, el disco de 45 con ambas canciones salió a la venta y fue promocionado con entrevistas en Radio Miraflores, Radio 1160 y Radio El Sol.

Solo tres meses después regresaron al estudio para grabar su segundo sencillo. Esta vez, la disquera les solicitó componer canciones en español para asegurar las ventas, requerimiento que disgustó un poco a la banda. Así que decidieron traducir una vieja canción que tenían, A thousand miles from my love, y componer una segunda solo con la intención de respetar el contrato. Nuevamente, la sesión en el estudio fue un suplicio ante la poca familiarización de los técnicos encargados con la música que hacían. En agosto de 1968, editaron Mil millas de amor / Sonrisa de cristal, un lanzamiento que no tuvo una buena recepción por parte del público.

Por esos días, Saúl escuchó los primeros singles de una nueva banda llamada Traffic Sound. Le sorprendió la música, pero sobre todo el sonido que habían logrado registrar en el estudio. “Averigüé que lo habían hecho con la disquera MAG y decidí conversar con alguien de ahí”, cuenta. Se dirigió a sus oficinas ubicadas en la plaza Unión, donde los esperaría el señor Manuel Guerrero, dueño del sello. Cornejo le explicó entonces la situación de The New Juggler Sound con RCA Victor y la necesidad que tenían de grabar adecuadamente sus canciones.

Tras la reunión en la sala de grabaciones de MAG, Guerrero aprobó la música de la banda, y aceptó ficharla siempre y cuando rescindiera el contrato que mantenía vigente con RCA Victor.

La agonía del Juglar

Últimos meses de 1968. Paralelamente, Alberto Miller decidió retirarse del grupo para seguir sus estudios en los Estados Unidos. Sin guitarrista en la banda, Eddy Zarauz propuso como reemplazante a un muchacho que había conocido en uno de sus viajes por el norte del país: Davey Levene, un virtuoso con la guitarra que proporcionaría el ingrediente que faltaba para amalgamar el sonido al que venían aspirando, el psicodélico. Para entonces, los Beatles eran considerados “inalcanzables” por ellos: “Ya se habían mandado con discazos como Magical Mystery tour y Sgt. Pepper, por lo que ya no podíamos seguir a la par. Debíamos cambiar el modelo a seguir”, refiere. El nuevo paradigma sonoro provenía de exponentes que emergían en la época, tales como Cream o Jimi Hendrix, con sonidos de guitarras más distorsionadas. “Decidimos incluir a un guitarrista que tenga esa vocación… y Davey con su guitarra Fender Stratocaster cumplía los requisitos”, agrega.

Con un nuevo guitarrista en sus filas, el grupo rompió relaciones con la RCA Victor para firmar rápidamente un contrato con el sello MAG. Hacia principios de 1969, fueron programados para una primera sesión de estudio de esta casa discográfica. Grabaron dos canciones: Billy Morsa y Glue, las cuales evidenciaban un sonido más ácido y con letras bastante más crípticas (la primera empieza con el verso “Billy is dead in the garden / Pluto is crying for him, por ejemplo). Levene cumplía con creces su rol y ponía en práctica una notoria influencia de Eric Clapton. Lanzaron así el primer sencillo con su nueva disquera y su tercera producción como banda.

El nuevo contrato les exigía grabar al menos tres 45 para lanzar un disco de larga duración. Así que durante los siguientes meses editaron dos singles más: And I saw her walking / Trouble child y Bahía / The Sandman, lanzamientos que continuarían la senda de la acidez sonora con algunos matices del beat. Con seis canciones en su haber, el grupo recibió la aprobación del sello para la salida al mercado de su primer LP, el cual sería una recopilación de lo ya grabado con dos canciones extras; es decir, ocho tracks en total. El álbum se llamaría como el primer single, Glue.

“La posibilidad de sacar el LP nos dio nuevos aires. Entendimos que ya no éramos los mismos de antes ni que sonábamos igual. Ahora teníamos un sonido más fuerte, más duro y el nombre The New Juggler Sound ya no nos parecía muy adecuado para representar lo que estábamos haciendo musicalmente. Además, a nuestros oídos estaban llegando bandas como Grateful Dead y Mothers of Invention, grupos con nombres oscuros, a la par de su música. Así que nuestra reinvención era inminente”, refiere Saúl, quien aún recuerda –con un esbozo de sonrisa que denota agradecimiento- la gran apertura del ingeniero Guerrero frente a todos estos cambios.

Y así se dio la tercera y última mutación de los muchachos. El renovado quinteto decidió cambiarse de nombre, una vez más, para el pomposo lanzamiento: Laghonía fue el juego de palabras (“La agonía”) que eligieron para representar su nueva filosofía como banda. También llegarían nuevos integrantes: Carlos Salom –a quien conocieron luego de una seguidilla de conciertos en La Punta– se integró como tecladista para hacer aún más compleja la gama de sonidos que manejaban. Al poco tiempo después, a principios de 1970, Eddy Zarauz partiría al extranjero para continuar sus estudios y sería reemplazado por Eduardo Samamé en el bajo. Se convertirían, prácticamente, en una nueva banda.

Así acabaría una enriquecedora primera experiencia para los hermanos Cornejo, dos muchachos de la Unidad Vecinal Nº 3 que solo querían emular a The Beatles junto a los amigos del barrio y que, sin darse cuenta, terminarían estableciendo las bases del rock psicodélico en la región. E incluso llegarían a la tierra de sus eternos ídolos: en el 2012, la financiera multinacional HSBC utilizó el track Bahía (originalmente lanzado por The New Juggler Sound y luego en el disco debut de Laghonía) para musicalizar su campaña publicitaria en Inglaterra. Los videoclips del comercial, subidos a la popular plataforma Youtube, recibieron miles de visitantes ávidos por conocer cuál era la enigmática banda detrás de esa canción.

Hoy podemos decir que The Newe Juggler Sound, luego Laghonía y finalmente We All Together –banda que incluyó como vocalista a Carlos Guerrero (hijo del dueño de MAG) en 1971, se convirtió en un suceso de ventas un año después y posteriormente sucumbió a las restricciones del Gobierno Militar de Velasco (como la mayoría de agrupaciones rockeras en el país) hacia 1974-, constituyen la única saga del rock latinoamericano. Una historia de evolución musical que, casi cincuenta años después, gracias a la vigencia de Saúl y Manuel Cornejo en la escena local, aún se sigue escribiendo.

Publicado en la revista Dedo Medio, Num 69, Nov 2013

1 comentario:

Andrea Garcia dijo...

cuando escuchas bandas como rockwell road te dan ganas de que todo el mundo los escuche y eso es lo que les quiero compartir una de sus buenas rolas https://www.youtube.com/watch?v=7bsrnc7jf1Y